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domingo, 31 de março de 2013

Chile/EL TERRITORIO Y EL AUTOGOBIERNO, METAS DE LA LUCHA MAPUCHE


21 marzo 2013, Mapuexpress - Informativo Mapuche http://www.mapuexpress.net (Chile)
 
"No somos los indígenas de Chile, somos otro pueblo distinto, que está aquí mucho antes de que ningún otro llegase a estas tierras". Es la frase más repetida durante el recorrido de sur a norte por Wallmapu, la tierra ancestral que reclama como propia el pueblo mapuche. Hay quien reivindica la totalidad de Chile como territorio indígena, pero el reclamo general hace referencia al Tratado de Tapihue, todavía en vigor, firmado en 1825 entre la recién nacida República de Chile y el pueblo original y que marca la frontera entre ambos en el río Bío-Bío, reconociendo al pueblo mapuche como una nación distinta.

Por Aitor Agirrezabal

Fuente: www.naiz.info

La mal llamada Pacificación de la Araucanía, según la versión oficial, puso fin en 1883 a la guerra que el Estado chileno emprendió contra el pueblo mapuche en 1861. Sin embargo, si se pregunta a las personas que habitan al sur del Bío-Bío, muchos responderán que Chile mantiene abierta esta guerra. Este pueblo fue obligado a cambiar sus costumbres, organización social o formas jurídicas. Además, los diez millones de hectáreas que controlaban entonces han pasado a ser menos de 500.000. Los pocos que todavía poseen tierras carecen de grandes recursos y herramientas para trabajarlas, ya que el Gobierno de Santiago de Chile se ha dedicado a empobrecerlos durante décadas.

Los campesinos se quejan del bloqueo mercantil que sufren por parte de Chile. No pueden comerciar con pueblos de Argentina que se encuentran mucho más cerca que cualquier ciudad chilena, lo que ha provocado un crecimiento importante del contrabando a través de la cordillera de los Andes, que separa ambos estados.

Al sur de la Araucanía (Ngulumapu), la región chilena donde más mapuches residen, se encuentra un pueblo cansado de cientos de años de lucha. Un pueblo que ha resistido la llegada de distintos invasores que no han logrado hacerse con el control de la zona. El imperio inca no logró cruzar la actual frontera entre Chile y Perú, y los españoles y sus sucesores, conocidos como wingkas (nuevos incas en mapudungun, lengua mapuche), se quedaron en la orilla norte del Bío-Bío y firmaron un acuerdo con los líderes locales, que una vez marchados los españoles, el Estado chileno ratificaría en su constitución, pese a no respetarlo. Sin embargo, a pesar de su fama de guerreros, sus rostros denotan una vida de cansancio en la que no han conocido la paz que reclaman para su tierra.

En la pequeña localidad de Coñaripe reside Guido Calfuluan. Es un joven en lucha por los derechos de su pueblo, cuyos bosques ríos y lugares sagrados amenazan con arrasar los proyectos para la construcción de hidroeléctricas. "La versión oficial dice que han hecho consultas a los vecinos, pero la verdad es que van casa por casa amedrentando a quien se oponga. Incluso ha habido atentados contra dirigentes de nuestro pueblo", relata. Pese a su juventud, conoce bien la historia de su pueblo, y quiere mantenerla viva. "Nosotros tenemos nuestro idioma, el mapudungun. Es la forma que los ancianos tienen de transmitirnos su sabiduría", dice. Su uso se ha perdido mucho, ya que el Gobierno chileno no ofrece la más mínima ayuda. Es más, si quieren recibir una subvención para crear una escuela deben cambiar sus estructuras sociales. De esta forma, el Estado chileno consigue que los niños mapuche conozcan la historia que a él le interesa.

Desde Santiago también se les ha obligado a acercarse a la religión cristiana. Ejemplo de ello es que para poder registrar a un niño, están obligados a ponerle un nombre cristiano que preceda al nombre de origen mapuche. Sin embargo, este pueblo tiene totalmente arraigadas las creencias espirituales que les unen a la naturaleza. Dios (Ngenechén, para la cultura mapuche) los puso en esa tierra, y deben protegerla y respetarla por encima de todo. Pese a ello, no ha sido fácil hacer frente al catolicismo que impuso la Corona española: "Vinieron y nos dijeron: `Cerrad los ojos, tomad la Biblia en la mano y rezad. Al abrir los ojos, solo nos quedaba la Biblia, cuenta Calfuluan.

La fatiga de un pueblo que lleva siglos defendiendo la tierra donde Ngenechén los puso, ha llevado a muchos mapuche a optar por aprender a convivir con el Estado chileno, mientras otros mantienen la esperanza de recuperar las tierras ancestrales donde un día fueron libres. Arnoldo Pichumilla, lonko (máxima autoridad administrativa) de la comunidad Mariano Chincolef afirma rotundo: "Los wingkas venían con licores, y un mapuche, después de tres vasos de vino, vende hasta su vida". Por lo que los colonos, además de hacerse con las tierras que recibían de manos del Estado chileno, también emborrachaban a los dueños de los terrenos para ensanchar sus dominios. "Después, en épocas de mala cosecha, los terratenientes prestaban dinero al comunero, para más tarde ahogarlo con intereses que no podía afrontar y quedarse con sus tierras", asegura Pichumilla.

Al norte, Zona Roja
Conforme se remonta la Araucanía y se llega a la provincia de Malleco, la resistencia se agudiza. Es la llamada Zona Roja. La lucha mantiene, hoy en día, un frente abierto por la recuperación de tierras perdidas a manos de los colonos. La militarización de la zona es visible y las detenciones de activistas mapuches se han multiplicado en los últimos meses. Mucho más aún tras la muerte del matrimonio de colonos de origen suizo Luchsinger el pasado mes de enero, cuando su casa fue incendiada. 

Un atentado que nadie ha reivindicado, pero que el Gobierno de Sebastián Piñera no duda en atribuir a los comuneros locales.

Sin embargo, la población mapuche menciona una gran cantidad de autoatentados que el Ejecutivo chileno utiliza para criminalizar la causa de este milenario pueblo.

El especial vínculo que siente con respecto a su tierra obliga moralmente al mapuche a emprender acciones, en muchos casos violentas, para reclamar y recuperar el territorio que durante años se les ha ido usurpando. Con el objetivo de castigar a todo aquel mapuche que alzara la voz, durante la dictadura militar de Augusto Pinochet las autoridades promulgaron la "ley antiterrorista". Hoy en día, esta ley sigue vigente, lo que deja en total indefensión al weichafe (término con el que se conoce a sus luchadores) ante la Justicia chilena. El Estado utiliza medidas de excepción contra ellos, pero no los reconoce como presos políticos. Pretende convertirlos en delincuentes comunes que únicamente se dedican a robar y asaltar las propiedades de los colonos, en un intento de criminalizarlos ante la sociedad. Son tratados como "terroristas" durante los procedimientos judiciales y como presos comunes una vez que están en prisión y ante los medios de comunicación.

La pobreza y la falta de medios han obligado a muchos mapuches a emigrar. Wallmapu, otrora una zona rica y autosuficiente para su pueblo, se ha convertido en un blanco fácil para las empresas forestales e hidroeléctricas. La han transformado en un largo paisaje de pinos y eucaliptos de inversión asiática que ha empobrecido la fértil tierra de sus bosques. El agua escasea y no son pocos los campesinos que se ven obligados a recorrer kilómetros para poder llevarla a sus hogares.

El mapuche lucha por recuperar lo que es suyo, vivir con lo que es suyo, sus recursos, su mapu (tierra).

Autogobierno al sur del Bío-Bío
A partir de hoy, comenzarán una serie de movilizaciones mapuche en la ciudad de Temuco, capital de la Araucanía. Para hoy se ha convocado una Nguillañmawun, ceremonia espiritual y religiosa en el marco de la cual se tomarán acuerdos y decisiones que tendrán carácter sagrado para el pueblo mapuche. 

Mañana se realizará una manifestación desde el Cerro Ñielol hasta las calles de la capital, con el fin de expresar la voluntad y el derecho del pueblo mapuche a la autodeterminación. Según han expresado las autoridades mapuche, a partir de esta movilización comenzará a tomar forma el autogobierno mapuche.

sexta-feira, 21 de agosto de 2009

Chile/LA ANTIGUA GUERRA A MUERTE CONTRA EL MAPUCHE

20 agosto 2009/TeleSUR http://www.telesurtv.net

Porque los chilenos comenzaron a asesinar mapuche en el siglo diecinueve, prosiguieron en el siglo veinte y continúan en el siglo veintiuno. Matías Catrileo, Alex Lemun y Jaime Mendoza cayeron en nuestro país ocupado por la fuerza militar. Es por la propiedad que no conocíamos, por los árboles y las aguas, los minerales, los peces, los pájaros. Y la tierra que nos dieron para siempre los más antiguos de los antiguos allá.

Por Tito Tricot

Rebelión

Dicen los que saben, que los más antiguos de los antiguos estaban hechos de lluvia azul. Y así caminaban por el mundo, pintando mariposas y océanos sin pausa, descansando sólo en las noches más oscuras alumbrándose de luciérnagas tiernas. Algunos dicen que, en realidad, eran dioses orlados de viento que buscaban la mejor tierra para sembrar sueños y, de pronto, sin previo aviso, en una tormenta imposible de relámpagos y volcanes fulgentes, se dibujó en toda su morena hermosura la primera lagmien mapuche. Toda esta tierra es tuya, le susurraron con fuego para que jamás nunca se le olvidara, ni a sus hijos, ni a los hijos de sus hijos. Y así a la gente de la tierra se les dio el Meli Witran Mapu - los cuatro puntos cardinales - para que allí hicieran el amor sin prisa y, también sin urgencia, compartieran los frutos de sus entrañas que eran, les dijeron, de todos y de nadie. Que aquí podrían construir su Mundo y su País, y les dieron choroyes y arrayanes, quilas y bandurrias, lagos y montañas, y en el centro de su corazón les dibujaron un río tan bello y tan azulado que daban ganas de llorar en las desconcertantes madrugadas de rocío virgen. Hilar su Mundo y su País, les dijeron, pero, con un dejo de tristeza y con descomunal pesadumbre, entornaron sus ojos de lluvia para advertirles que desde allende los mares vendrían de yelmo y alabardas para matarlos a todos en nombre de un dios ajeno. Que tuvieran cuidado, porque aquende la muerte se vestiría de uniforme chileno y argentino; y todo se lo dijeron en tiempos en que no existían ni Chile y Argentina, sino tan sólo el Wallmapu, el País Mapuche, su país de tierra fértil y pródiga y, por lo mismo, apetecible por forasteros de distinto signo.

Así, aún perplejos ante la posibilidad de que les arrebataran sus tierras y sus sueños que apenas comenzaban, los mapuche se abocaron a la tarea de irisar su Mundo sustentado en Itrofillmongen, la vida en su conjunto, la biodiversidad, el equilibrio, el respeto. Al bienestar en armonía le llamaron Küme Felen; Küme Mongen a la calidad de vida y Nor-Felen a la ley natural o autorregulación de la naturaleza de las distintas dimensiones del Mundo Mapuche donde habitan los hombres y las fuerzas de la vida desde tiempos inmemoriales. O desde todos los tiempos, que es el tiempo mapuche, el justo que necesitaron para construir el Wallmapu. El país mapuche, que oteaba dos océanos y dos cordilleras, se nutrió de la lluvia azul de los más antiguos de los antiguos y del Ad Mapuruka. El mismo lugar donde una noche de temporal les contó sin prevenirlos que conoció en persona a los antiguos de lluvia azul que, incluso, les rozó la piel de agua cuando en una noche de tormenta como ésta quiso averiguar los insondables misterios de los orígenes más remotos del universo. Y supo que desde el cielo cayeron rocas fulgurantes que formaron volcanes y montañas, que de las lágrimas de las estrellas nacieron lagos y ríos tornasoles y que al paso desnudo de la primigenia mujer mapuche nacieron flores bermejas y pájaros encinta. Supo, también, porque lo vio con sus propios ojos, que los mapuche sufrieron el formidable castigo de Chau Ngenechen por haber infringido los principios del Ad Mapu. Y llovió tanto que los mapuche lloraron desconsoladamente, lo que hizo subir aún más las arremolinadas aguas. Entonces más lloraban de pavor y arrepentimiento y más subían los mares y los lagos y los ríos. Se oscureció el cielo con tal fuerza que los aterrados mapuche sólo vieron tinieblas en el horizonte para siempre, dijo el anciano mientras observaba caviloso las lenguas de fuego que crepitaban en medio del invierno. Porque lo vio, nadie se lo contó, porque era la memoria misma, la brasa de una cultura tan antigua como su tierra, pensaron silentes los niños que soñaban con cazar leones por las gargantas andinas.

De pronto, murmuró el anciano, hubo tal estruendo que la tierra se abrió en dos y el agua arrastró a todos los mapuche mar adentro, convirtiéndolos en peces añiles y piedras negras. Parece que se murió un instante el sol, reflexionó, pues cuando abrí nuevamente los ojos asomaron en la cima más alta del monte más alto cuatro mapuche ateridos de frío que decían algo así como: nunca más, lo prometemos, Chau Ngenechen. Nunca más. Un anciano y una anciana, un joven y una joven, eran. Y los niños escuchando fascinados cómo de la muerte renacía la vida, y el abuelo que lo ha visto todo, recordando con amargura el día inclemente cuando su pueblo casi perece ahogado. Pero sobrevivió, para levantarse en todos los rincones del Wallmapu sin olvidar jamás la terrible lucha entre los poderes de la tierra y el mar que, a fin de cuenta, son los estertores del desequilibrio de la Ñuke Mapu ofendida por el egoísmo del hombre. Y el más grande egoísmo arribó desde Europa ataviado de coraza, rodela, cota de malla, casco y calzón de rojo terciopelo, hediendo a viaje de galeón. Y para matar traían sus enfermedades y sus armas: espadas, arcabuces, caballos, cañones, lanzas, ballestas, montantes. Traían la más implacable de las guerras y a un dios blanco de ojos azules que supervisaba diligente masacres y esclavitudes, violaciones y estupros por doquier. Yo sentí la glacial ferocidad de su mirada, cuenta el anciano de Curarrehue, una tarde de primavera cuando quise preguntarle el por qué de tanta crueldad. ¿Es que no les basta con sus propias tierras y sus propios animales?, dije yo con mi palabra. Es mi tierra, gritó con voz atronadora, mi acuarela, mi escultura, mi aguafuerte, mi arpillera, mi vitral, mi mosaico, mi libro abierto, mi orgasmo cósmico. Mi propiedad. para iluminar a los nagche, wenteche, lafkenche, williche, pewenche o puelche, mapuche todos, gente de la tierra para que nunca se les olvide. Y es tan colosal su memoria que no pueden dejar de recordar, aunque quieran. Cuentan que había un anciano tan anciano que era la memoria misma. Vivía allá por Curarrehue con su familia, caballos y ovejas. Se iba orillando la cordillera cazando leones, perdiéndose semanas enteras, a veces meses, en búsqueda del tiro perfecto, porque el puma le destrozaba las ovejas en plena noche sin que nadie se percatara y eso no es justo, decía. Y recordaba cada oveja, cada gallina, cada yegua perdida a manos del león, las suyas y las ajenas, las de ahora y las de ayer, porque nunca hay que olvidar que el olvido es otra forma de morir, les espetaba a sus hijos y nietos alrededor del fogón de la

¿Y qué es propiedad?, le interrogué desconcertado. Me miró con desprecio desde las alturas de su ciclópeo porte para reír burlesco: todo lo que no se puede tocar por los siglos de los siglos, amén. ¿Y qué no se puede tocar por los siglos de los siglos, amén, inquirí? Aún con desdén y molesto por haberle interrumpido su siesta, vociferó: los bosques, la tierra, los lagos, los ríos, las montañas, el cobre, la plata, el carbón, los mares, los peces, el aire, los pájaros, el agua, las ruka, los caballos, las gallinas, los pavos, los corderos, el trigo, los chícharos, el merken, las plantas, las cascadas, las risas, las manos, las piernas, el amor, los dientes, los vientres maternos y sus hijos, los sueños, la muerte. Todo lo que es riqueza o puede convertirse en riqueza, rubricó desganado.

Pero, declaré y reclamé, al tiempo que le miraba fijamente a los ojos, turbios como el río en invierno, los más antiguos de los antiguos nos dieron el Meli Witran Mapu para que hiciéramos el amor sin prisa y, también sin urgencia, compartiéramos los frutos de sus entrañas que eran, nos dijeron, de todos y de nadie. Que aquí podríamos construir nuestro Mundo y nuestro País. Y así lo hicimos entre dos océanos, sin premura y sin propiedad alguna, que no la conocíamos; y los pájaros anidaban en cualquier árbol, los lagos se posaban en inesperados recovecos, mientras los ríos fluían sin pausa por entre ventisqueros, bosques y acantilados para besar atónitos el mar, que era también el mar de todos. Y de todos la tierra que se podía tocar por los siglos de los siglos, amen. Es mi palabra, dije, y en ese preciso momento, desde la profundidad de su garganta de plata, brotaron alambres de púa, fusiles, aserraderos, colonos, militares, reducciones, asesinatos, torturas, exilios, migraciones, policías, matanzas y países ignotos que clavaron sus banderas de seda en el corazón del Wallmapu. Entonces, nada fue jamás igual y el anciano con su memoria a cuestas se refugió en la cordillera, pero ya no pudo cazar pumas, porque lo persiguieron, lo acorralaron, lo redujeron, lo radicaron a la fuerza y lo asesinaron a la fuerza en nombre de la civilización. Le usurparon el País Mapuche y le pulverizaron el Mundo Mapuche en nombre de la razón, de la riqueza y de aquella propiedad de la cual hablaba el dios extraño que gritaba la barbarie de los indios.

Y los indios se guarecieron en sus silencios de indio para enfrentarse al egoísmo wingka, mientras bajo las piedras, en los recodos de los ríos, en las copas de los árboles, en los contrafuertes cordilleranos y en el fondo del mar, guardaban sus palabras, sueños, memorias, anuncios y denuncias, virtudes y vilezas, victorias y derrotas, amores y desamores, cantos y bailes, los primeros y los últimos pasos. Con especial cuidado escondieron el mapudungun, su lengua, y el origen del mundo y las leyes de la naturaleza. Todo, según cuentan, en un volcán en llamas donde sólo los kimche conocieron del secreto para evitar que el kimun mapuche ardiera en brasas y ceniza. Fue tal su sapiencia que, en las noches más opacas, desde sus ruka, sus campos y sus montes, salían sigilosos hombres, mujeres, ancianos y niños para dirigirse al volcán de la memoria. Allí recuperaban palabras, ritos, nombres, historias y, por sobre todo, el sueño de libertad que les mantenía vivos mientras el wingka les horadaba el alma. Los mapuche se negaban a morir o desaparecer en la ira de los vientos despiadados que venían del norte a lomo de caballo, en cureñas, de quepís, de sable y bayoneta, de fusil y revolver. Venían de la guerra para hacer otra guerra: de la civilización contra la barbarie, de la chilenidad contra la mapuchidad.

Guerra a muerte, hermano, que se entronizó en el País Mapuche ocupado por la fuerza armada. Guerra a muerte, hermano, que se acuarteló en el Mundo Mapuche ocupado por la violencia chilena. Y a nuestro territorio expoliado le llamaron frontera, cuando, en realidad, la frontera eran ellos; nos llamaron salvajes cuando, en realidad, los bárbaros eran ellos. Le denominan el conflicto mapuche, cuando en realidad el conflicto es de ellos que temen reconocer su indianidad.

Hoy nos llaman terroristas, cuando el terror lo siembran ellos en las comunidades con sus allanamientos y golpizas y bombas lacrimógenas y balazos y muertos. Porque los chilenos comenzaron a asesinar mapuche en el siglo diecinueve, prosiguieron en el siglo veinte y continúan en el siglo veintiuno. Matías Catrileo, Alex Lemun y Jaime Mendoza cayeron en nuestro país ocupado por la fuerza militar. Es por la propiedad que no conocíamos, por los árboles y las aguas, los minerales, los peces, los pájaros. Y la tierra que nos dieron para siempre los más antiguos de los antiguos allá en Collipulli, Temucuicui, Lumako, Neltume. Liquiñe, Lleu-Lleu, Cuyinco, Tirua, en la costa, en la montaña, en los valles, nos dieron, para construir el País Mapuche y el Mundo Mapuche. Es mi palabra, para que nos dejen en paz y simplemente ser lluvia o tierra o mar, dijo el anciano de Curarrehue que es la memoria misma y que caminaba por el sur del mundo mucho antes que los chilenos.

Tito Tricot - Sociólogoy Director del Centro de Estudios de América Latina y el Caribe