En su tosquedad intelectual sus huestes se consolaban
recíprocamente de sus derrotas latinoamericanas diciendo que “muerto el perro
se acaba la rabia.” Pero la historia ha sido hasta ahora mezquina con sus
anhelos. La “rabia” de los pueblos no es un fenómeno pasajero sino la
consecuencia de la inequidad, desigualdad y opresión que incesantemente segrega
el capitalismo, en estas tierras como en cualquier otro lugar. Sólo que en
Nuestra América la rabia se amalgamó con una bicentenaria tradición
político-intelectual emancipadora, anti-oligárquica y anti-imperialista que si
bien no podría decirse que esté por completo ausente en otras partes de lo que
se solía llamar el Tercer Mundo sí puede decirse que sólo lo está en un puñado
de países y, sin dudas, sin la gravitación y longevidad evidenciadas en
Latinoamérica y el Caribe.
Tradición que se personifica en las figuras
gigantescas de Bolívar y Martí, en ambos extremos del siglo diecinueve y que
continúa con una larga lista –que no podemos reproducir aquí- que arrancando
con Simón Rodríguez, Miranda, San Martín, Artigas, Bilbao, Hostos, Betances y
tantos más pasaría tiempo después por Mariátegui y Mella hasta llegar a Bosch,
el Che y Fidel. De ese feliz encuentro entre la “rabia” y una venerable
tradición política brotaron los vientos emancipatorios que