El reciente golpe de Estado que defenestró al Presidente
constitucional del Estado Plurinacional de Bolivia, Evo Morales, a simple
vista, es una disputa política “resuelta” por la vía de la fuerza, entre
blancos (Camacho y Mesa) y aborígenes (Evo Morales y los movimientos indígena
campesinos). Pero no lo es del todo.
Cuando Camacho y sus seguidores, con toda una ritualidad
medieval, sembraron la Biblia (sobre la bandera criolla boliviana) en el centro
del viejo Palacio de Gobierno, en la ciudad de La Paz, bajo la arenga
religiosa: “Bolivia para Cristo, la Pachamama nunca más volverá a entrar a este
Palacio”. Y casi simultáneamente otros citadinos mestizos descendieron la
Wiphala (bandera quechua aymara) del frontis de dicho edificio y la quemaron
públicamente. Esos actos, además de otros, evidencian que la “guerra”
irresuelta entre q’aras (blancoides) y aborígenes es