Las imágenes forjan la realidad, lo que da a la
televisión, los videos y hasta a las fotografías un poder con el que pueden
cavar profundo en la mente de las personas, incluso sin que ellas se den
cuenta. Pensé que también yo era inmune a los repetitivos retratos de Venezuela
como Estado fallido en medio de una rebelión popular. Pero no estaba preparado
para lo que vi en Caracas este mes: qué poco de la vida cotidiana parecía estar
afectado por las protestas, la normalidad que reina en la gran mayoría de la
ciudad. También yo había sido engañado por la imaginería mediática.
Grandes medios han reportado que los pobres en
Venezuela no se han unido a las protestas de la oposición de derecha, pero esto
es un eufemismo: no es solamente que los pobres se abstienen –en Caracas son
casi todos excepto pocas áreas como Altamira, donde pequeños grupos de
manifestantes se meten en batallas nocturnas con las fuerzas de seguridad,
lanzan piedras y bombas incendiarias y huyen del gas lacrimógeno.
Caminando desde el barrio de clase trabajadora de
Sabana Grande hasta el centro de la ciudad, no hay señales de que Venezuela
esté al borde de una “crisis” que requiera la intervención de la Organización
de Estados Americanos (OEA)